El fin del mundo es más bonito de lo que esperaba

Ushuaia Argentina Turismo
Ushuaia desde la Av. Maipú. Foto: Sofía Bermúdez.

Se llama Tierra del Fuego porque cuando Magallanes llegó -a lo lejos- vio humaredas incesantes… Eran las fogatas de los Yámanas (nativos), que cada tanto estaban encendidas. Así se protegían del frío, pues la ropa era prácticamente un invento que ellos no conocieron hasta que llegaron los europeos; en cambio, andaban semicubiertos con pieles y untaban su cuerpo con la grasa de los lobos marinos para impermeabilizarse y mantener el calor corporal.

Todo esto lo aprendí en Ushuaia, al extremo sur de la Patagonia argentina, más conocida como la Ciudad del Fin del Mundo.

Magallanes seguro se quedó con la boca abierta cuando llegó a este punto del mundo. Yo también.

 

Realidad vs Expectativa

La primera vez que supe de la existencia de esta ciudad fue por la crónica Los burdeles de Ushuaia, de Gonzalo Sánchez; alojada en el libro Crónicas de Otro Planeta, de la revista Gatopardo. El texto describe una morada remota, inhóspita y fría, que es parada de muchos marineros y donde prostitutas van a buscar fortuna gracias a los visitantes que trae el océano. Sánchez habla de cafeterías que en la noche se convierten en bares y cabarets. Donde tranquilamente puede estar José tomándose un café o una cerveza con su esposa, mientras que a su lado está “Shirley” retozando con el cliente de turno.

Después de leer esta crónica no me esforcé en averiguar más del lugar, ni conocer cómo es, porque ya mi imaginación había construido sus calles, casas y habitantes.

Y entonces, cuando Diana me dijo “¿Quieres ir a Ushuaia?”, yo dije “¡De una!”.

Esta ciudad tiene cerca de 70 mil habitantes, que viven básicamente del turismo, la actividad naviera y la industria. Hay mucha plata en este lugar, sí; mucha gente viene solamente a hacer dinero… y es un culo de caro llegar hasta acá. A nosotras, el billete nos costó unos 1.500 pesos argentinos (lo que en ese tiempo nos significó $250 dólares) y 50 horas de viaje. Ushuaia es remoto, inhóspito, frío y absolutamente hermoso.

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Ushuaia desde la Av. Maipú. Foto: Sofía Bermúdez.

 

El fin de los Andes, el fin del mundo.

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Entrando a Ushuaia. Foto: Sofía Bermúdez.

“¡Nevados, nevados por todos lados!” fue la postal que se metió por mis pupilas, aún sin salir del bus. Desde una pequeña ventana, en un asiento en el que no cabía ni mi dignidad y con un frío que empañaba los vidrios, me vi entrar a Ushuaia.

Esta es la punta del rabito de la cordillera de los Andes, donde terminal la “columna vertebral” de América del Sur, y tranquilamente puede ser comparada con el último chocolate de esa caja de sorpresas.

Solamente situarte geográficamente en el lugar ya es un hito, y lo que ofreció es más de lo que esperé. Yo, que vengo de una costa muy calurosa, no dejé de maravillarme con el hecho que desde –prácticamente- cualquier punto, alguna montaña se asomaba con su sombrero blanco a saludarme. Básicamente esto hizo de Ushuaia uno de esos lugares que a llegó para quedarse, o más bien a los cuales uno llega para volver.

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El fin del mundo es más bonito de lo que pensé. Foto: Sofía Bermúdez.
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Ushuaia desde mi ventana. Foto: Sofía Bermúdez.

 

La vida en Ushuaia

En esos tiempos (noviembre 2012) nos dijeron que comer en un restaurante costaba como mínimo unos USD $20 y que alojarse en un hotel tranquilamente puede subir a USD $100. Así que nunca comimos fuera y llegamos a casa de Carito y Andrés, amigos de CS que le sumaron puntos al viaje.

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Con Diana y Carito.

Creo que fueron unos 3 o 4 días que estuvimos en Ushuaia ¿O tal vez fueron 5? A veces el tiempo pasa sin dejar evidencia o llega a ser imperceptible cuando el día dura como 20 horas y la noche sólo unas 4.

Lo bacán de los días sean tan largos, es que tienes más tiempo para aprovecharlos. Anochecía a las 23:00, entonces eso de las 21:00 estábamos ya de regreso a casa, sin apuro, caminando, para llegar a hacer la cena. Recuerdo un día haberme levantado a las 3:00 y ver por la ventana que ya había aclarado. Volví a cerrar el ojo.

Lo que pasa es que cuando vives en la mitad del mundo (Ecuador) los días y las noches duran lo mismo: 12 horas; y, de paso, el clima es prácticamente el mismo todo el año: 6 meses de sol y calor, con lluvias, otros 6 de sol y calor, sin lluvias. Pero en Ushuaia era primavera y el clima estaba bueno, decían. Aunque la verdad es que al extremo del mundo las cosas cambian de un momento al otro: sol, ráfagas de viento, llovizna, granizo, sol, viento, sol y así constantemente…

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A veces hace “calor”. Foto: Diana Vega.

Yo no estaba preparada para esto. En Buenos Aires presté un abrigo rompeviento inmenso, color café, que no se veía bien con nada; pero que me salvó de la criogenización. Pero también hay momentos “calurosos”, de esos en que logras tomarte una foto sin 5 capas de ropa encima y solamente una blusa de mangas largas y bufanda.

Pero, pese el frío, Ushuaia debe ser visitado. Definitivamente puede llegar a ser una experiencia extrema que te da chance de alardear y decir “Yo sobreviví al fin del mundo”.

 

 

Un poco de turismo en Ushuaia

Definitivamente recorrer el pueblo es divino. La mayoría de edificaciones son de madera, muy al estilo colonia alemana o algo parecido.

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Una casa que parece estar hecha de corchos de vino. Foto: Sofía Bermúdez.

Tiene curiosas particularidades como una cápsula del tiempo cerrada en 1992 que deberá ser abierta en 2492 (500 años después) y un barco “florero” encallado: es el Saint Christopher, que adorna la bahía. Además, el viento llega a ser tan fuerte que hay árboles que parecen despeinados: son los árboles bandera. Y es que creo que su afán de vivir ha hecho que sus ramas de adapten a la corriente.

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Les presento a Philco, la cápsula del tiempo. Foto: Sofía Bermúdez.
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El barco “florero” de Ushuaia. Foto: Sofía Bermúdez.

La antigua cárcel de Ushuaia es recorrido cultural que te permite conocer más de la historia de este lugar tan remoto, pues prácticamente aquí comenzó la vida moderna del Fin del Mundo.

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Una celda decorada del actual museo carcelario de Ushuaia. Foto: Sofía Bermúdez

Y para aprovechar la increíble naturaleza de Ushuaia, puedes realizar una caminata hacia el glaciar Martial, un entretenimiento genial para quien anda con el bolsillo vacío y hasta para hacer un poco de deportes extremos: dígase snowboarding con tu trasero o “culopatín”. Mientras que ir al Parque Nacional Tierra del Fuego es un must ni muy caro, ni muy barato, que tiene unos paisajes increíbles.

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Camino al Glaciar Martial. Foto: Sofía Bermúdez.
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La grandeza del Parque Nacional Tierra del Fuego. Foto: Sofía Bermúdez.

Y si no tienes suficiente dinero para tomar el tour de los pinguiños reales; conocer a los pinguiños magallánicos es una experiencia que –pese al frío- hará que te derritas de la ternura.

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¡Pingüinos a la vista! Foto: Diana Vega.

Sí, Ushuaia no es un destino low cost, pero todos esos mil y pico de pesos que invertimos en el boleto de Buenos Aires hasta acá y la experiencia en sí, valieron la pena de tener el bolsillo vacío.

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