Tras la vuelta del Atlántico: Mardel

Un día caminando por la playa, un niño saltaba junto a un perro las olas que llegaban.

En ese momento la decisión estaba tomada: debía de buscarme otro camino que no sea Ushuaia. El último punto del sur me sacaría del bolsillo mil seiscientos pesos -que no tenía- para llegar.

Y me llegó la epifanía musical acompañada de cine. Las lluvias de Buenos Aires me permitían pensar en un festival de música en Chile y en un festival de cine internacional en la veranera Mar del Plata. Al separarme de mis dos camaradas por su ruta de 50 horas, compré aquel boleto y agarré solo la mochila pequeña.

Tren rumbo al mar

La experiencia ya me había dolido desde Rosario, pero era la opción más económica. El tren partía al día siguiente en la noche. El vagón 600 era el que tenía mi puesto. Un tren totalmente viejo, ruidoso y destartalado que salía a las 22:00 y que, al menos, no tendría que subir con todo el peso de mi mochila. (En los viajes crecen los amigos que pueden ayudar con las cosas que pesan).

Nos hicieron hacer una fila para darnos comida, al puro estilo aéreo. Era una muestra por no tener activo el servicio del bar. Cada uno tomaba el combo de jugo con “galletitas” para buscarse su puesto. El vagón por dentro estaba oscuro y la ventana de mi puesto era intocable. No tenía forma de abrir, mientras los niños gritaban, la comida que salía de los bolsos, el calor de estar apretado, predicción: el viaje no iba ser de los mejores.

La gente se seguía quejando del calor mientras algunos hombres se paseaban con comida o con objetos para vender. Fue uno de ellos quien me hizo reír más de una vez. “Mirá que acá no tenés luz” -unos minutos después le daría la razón al vendedor de linternas-.

Arrancaba lentamente y en un borroso espacio/tiempo parecía que nos encontrábamos en otra dimensión, común sensación en la capital argentina. Me transporté a otra época -juntando los gritos de niños y las quejas del calor-. Era mejor cerrar los ojos ante tanto salame en “sanguchito” con mates girando a mi alrededor.

2012-11-24 17.21.10
El mar, un niño y un perro.. Las olas jugaron con toda su alegría.

Ocho horas con mi cuerpo en todas las posiciones posibles dentro del puesto compartido con una pareja adulta y me levantaron en Mar del Plata. La vida me daba señales de que había optado por lo mejor. -Mensaje recibido de Gustavo-. Couchsurfing no me había fallado y esta vez me presentaría con un melómano de primera con una ubicación precisa que permitía caminar a los lugares más recordados de la playa.

Estatua del bandoneonista Piazzola, el Centro Cultural Villa Victoria Ocampo, Torreon del Monje, regresar al puerto, buscar a los lobos, moverme al fuente de Aguas Danzantes, encontrar al monumento que te recuerda a la Alfonsina, los rumores del dueño del Casino Central de Mar del Plata, la apertura del reconocido festival de cine junto a la presidenta que tanta crítica y amor le dan por las calles, regresar a la Rambla del Casino e ir por casualidad a la Villa Normandy.

A 410km de Buenos Aires, Mar del Plata es prácticamente un balneario convertido en ciudad, con el mismo movimiento que puede tener Florianopolis y Santos en Brasil, quienes también comparten costa en el atlántico.

Al oído -por primera vez-  “Bajan” de Pescado Rabioso y la mochila encontraba su espacio en el piso. Gustavo tenía un horario de trabajo que lo desaparecía por las noches, su guía la tendría en las tardes. Mientras tanto, la mañana comenzaba con mate y galletitas. Una pausa a la música de la banda argentina, liderada por Luis Alberto Spinetta, algunos segundos más de silencio y el recorrido ya se marcaba: una semana para conocer Mar del Plata.

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