Cómo llegué a Salvador…lo que hice, se los cuento luego.

¿No les ha pasado que sueñan en conocer un lugar, solo porque es parte de la letra de una canción que les encanta? Pues fue de esa forma como inició mi camino hacia Salvador de Bahía.

Salí de Ecuador y lo único que sabía para ese entonces, era que se encontraba al nordeste de Brasil. Punto.

Nunca remedié mi ignorancia. El Google sirvió para averiguar otras cosas; algunas importantes, pero la mayoría ociosas en realidad.

Siendo franca, pretendía conocerla porque a Jorge Drexler se le ocurrió nombrarla en apenas una línea de “Todo se transforma”. Lo más estúpido, es que la canción hace referencia a 50 mil ciudades más –exagerando un poquito- pero yo quería llegar a pisar las calles de esa.

¿Motivos más allá de ese?, ninguno.

La canción de Drexler la pueden encontrar aquí:  http://http://www.youtube.com/watch?v=iOnGr7DUlAU

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Mientras duró el viaje por Sudamérica, nunca planeamos una ruta fija, pero por cuestiones de distancia y dinero, Salvador quedó relegada solo como una posibilidad, sin saber que más adelante habría cambios.

Llegamos a Perú, y uno de los primeros amigos que hicimos en el camino era un brasileño que “sorpresivamente” vivía en Salvador, siendo ante mí, la primera señal que me estaba llevando hacia allá, o al menos es así como quise tomarlo.

Después, el amigo se convirtió en algo más y con todo lo que conllevan los romances inesperados, está de más decir que el interés por la tierra bahiana creció, y tomó un matiz que fue más allá del capricho musical que les había contado.

Acabada la travesía peruana, el brasileño se fue por su lado, yo por el mío, y en el medio, la propuesta y la promesa de un reencuentro en Salvador de Bahía, que a fin de cuentas aún no sabía si se iba a cumplir.

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Con la Sari nos habíamos enamorado de Bolivia, y hasta ahora no recuerdo por qué decidimos partir de ella tan pronto; no teníamos razones que nos apresuraran, y los días sin duda habían perdido el estigma de sus nombres.

Pero Brasil nos ganó y adelantamos la llegada a su frontera, haciendo que la distancia hacia el nordeste se haga cada vez más corta…sin intención, ¡lo prometo!

Entramos por Corumbá, llamada también la capital de El Pantanal, que es el humedal más grande del mundo con todos sus 220.000 km² de extensión.

Ubicado en una zona inhóspita, es prácticamente una obligación contratar un tour que te lleve a explorar su interior, así que decidimos “cotizar” los paquetes que  nos convenían más.

La verdad es que caímos con el primer vendedor al que nos acercamos; un personaje muy simpático llamado Thiago, que según él, por ser buena gente, nos dejaba el recorrido de dos días a TAN SOLO 300 reales.

No le hacemos al regateo con talento, así que no tocó más que pagarle el paseo.

Con una sonrisa eterna en la cara, Thiago amenizó el dolor de nuestros bolsillos preguntando sobre qué otros lugares visitaríamos en Brasil; no terminamos de contarle que después viajábamos a Sao Paulo,  cuando se apresuró a sugerirnos que vayamos a Bahía.

Nos quedamos calladas, con los cachetes inflados como sapo intentando no soltar una carcajada, pero al fin y al cabo, Thiago “el adivino”, me miró y dijo: “¡ah! Você  tem um amor em Bahía”.

Quizás tenía una intuición bien afilada, pero lo más seguro es que mi traicionero rostro vestido de rojo me delató.

Sus palabras eran lo que parecía una nueva señal.

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La inmensa Sao Paulo nos recibió de la mejor manera, con un montón de amigos que habíamos hecho en Perú, y que desde el principio nos trataron como si nos conocieran de toda la vida.

Guilherme, uno de ellos, nos alojó en su departamento, y envolviéndonos dentro de esas conversaciones en las que terminas escarbando los árboles genealógicos de la gente, resultó que su familia llegó desde Bahía para buscar nuevas oportunidades en esta ciudad que, con 20 millones de personas, supera de largo a la población de nuestro país de la mitad del mundo.

Entre las maratónicas caminatas y exploraciones que emprendimos por Sao Paulo, también llegamos a la casa de Leticia, la más bacán y subversiva de todas las Japón-brasileñas del mundo, si es que así se puede describir a sus raíces, que para variar en esta cadena de coincidencias, tenían sangre bahiana por el lado de su madre, una señora CALIDAD por supuesto, que enterada de mis amoríos por culpa de la cargosa de Sarah –¡te quiero Sari!-, no dejó de insistir jocosamente en que emprendiera el paso hacia su tierra.

Pasaron los días, y también paramos por la casa de otra amiga, Mariana, donde por primera vez probé una pizza con topping de palmito –deliciosa por cierto- y donde además disfrutamos de una tarde amenísima junto a toda su familia. Efusiva como es ella, aprovechó el momento para hablar de todo, incluyendo de Salvador, contándonos que se trataba de una ciudad divertida y de muchísimos colores, a la que siempre regresaría.

Como buena supersticiosa, parecía que la vida se estaba empecinando en guiarme al nordeste con todo el mundo martillándome la idea en la cabeza. Hasta las calles de Sao Paulo se confabularon; sus insinuantes rótulos mostraban constantemente nombres de ciudades y personajes de Bahía, como si trataran de darme una especie de aleccionamiento fortuito.

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No recuerdo el día, pero sé que eran las 5 de la mañana cuando llegamos a Rio de Janeiro, que por culpa o gracia de las novelas –eso ya depende de las perspectivas- se convirtió en uno de los principales referentes de lo que es Brasil fuera de sus fronteras.

No me tomen a mal; sin duda Rio es una ciudad encantadora que disfruté muchísimo, pero las novelas – ¡sí, soy novelera y qué! – me mintieron toda la vida: sus playas no están repletas de cuerpos esculturales que hacen avergonzarte de estar en traje de baño, Copacabana e Ipanema son playas bonitas pero no impresionantes, y sobre todo, el  agua del mar no tiene una temperatura cálida todo el año, como quisieron hacerme creer con las típicas escenas en las que gente bonita sale diciendo que el agua estaba deliciosa.

Con la Sari es muy común que, sin darnos cuenta, terminemos gritando en lugar de hablar, invadiendo impertinentemente los oídos de la gente.

Comentando nuestra desilusión del mar de Rio, un par de amigos cariocas, con los que compartimos más tiempo en Bolivia que en su propia ciudad, “casualmente” nos escucharon y terminaron contándonos que hay varias zonas en Brasil donde la temperatura del océano siempre se mantiene cálida.

Aunque a esta altura ya no les sorprenda, una de esas era Bahía.

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Por recomendación de Jonathan, un amigo muy querido, llegamos a Ouro Preto, una de las ciudades más hermosas del Brasil, no solo por su encanto colonial sino por toda la historia que ahí se guarda.

Ahí, la Sari terminó decidiendo que no iba a Salvador -la entendí perfectamente, tampoco podía hacerle gastar su dinero por mi capricho-, mientras que yo me quedé sin saber qué hacer.

Que alguien me acolitara al nordeste, era algo así como cuando le pides a una amiga que te acompañe al baño que queda al final de un pasillo repleto de hombres; si no lo hace, es muy probable que no vayas y te aguantes, a menos que de verdad te estés haciendo pis en los calzones.

En fin, estaba a punto de ponerme en plan “la próxima vez será”, cuando apareció Adéle, una francesa a todo dar que había conocido unos días atrás en Rio y que por coincidencia cayó en el mismísimo Sorriso do Lagarto, el hostal donde estaba alojada.

Luego de la gracia que causó el nuevo encuentro, tuvimos mucho más tiempo de conversar sobre nuestros viajes; ella había vivido algo más de un año en Lima por cosas de un intercambio, y estando a un par de meses de regresar a su país decidió mochilear sola por el resto de Sudamérica.

Para cuando la volví a ver, apenas le quedaba una semana para cruzar el Atlántico, y casi sin dinero,  el vuelo más barato que consiguió para regresar a casa, salía desde Salvador de Bahía.

Esto ya era mucha casualidad. La frase dice que todos los caminos llevan a Roma, pero a mí me estaban llevando al nordeste.

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Si Adéle viajaba sola ¿por qué yo no?, si cada vez crecía más la intriga de lo que era Salvador ¿por qué no ir?, si había alguien que me esperaba ¿por qué no arriesgarse?

El viaje estaba decidido. Sin embargo, llegar por tierra a la capital de Bahía implicaba un trayecto de más de 15 horas, demasiado tiempo para pensar y repensar si se trataba de una buena decisión.

Llamé a mi hermana para que me ayudara a comprar un boleto de avión, que a la final terminó costando lo mismo que un bus.

Salí de Ouro Preto con las justas; durante el día habíamos pasado subiendo y bajando empinadas calles, entramos a museos interesantísimos, tomamos helados de 1 real, nos tiramos a dormir en el césped de un parquecito, y así, entre salto y salto de felicidad por todo lo que estábamos viendo, el bus que me llevaría hacia el aeropuerto de Belo Horizonte estaba a menos de una hora de salir, y yo ni siquiera había arreglado mi maleta.

Correr no es mi fuerte, y mucho menos con 14 kilos sobre la espalda y un incandescente sol sobre la cabeza. Llegué a la puerta del bus agotada, vencida; el carro empezó a rodar inmediatamente. Desde afuera, la Sari me dio un adiós de buena suerte.

Mi vuelo salía en la madrugada, así que por unas horas, intenté dormir en las bancas del aeropuerto, pero no pegué ni un ojo, estaba nerviosa.

Despegamos, y como se trataba de un vuelo barato –en términos de la exageradamente cara economía brasileña- hice escala en Rio y Sao Paulo, recordando los pasos que marqué por ahí.

No te das cuenta de la verdadera magnitud de las ciudades hasta cuando las ves desde el aire, ¡una sensación  maravillosa¡

Y así, entre intervalos de aviones y salas de espera, habían pasado unas 8 horas, y con ellas, llegó el aterrizaje en Salvador de Bahía.

***

-Ya llegué, alcancé a pronunciar desde un teléfono público.

– Ven, te espero, se escuchó al otro lado.

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