A 50 horas del fin del mundo

¿Cuánto ha durado el viaje más largo de su vida? Y no me refiero al tiempo que quizás disfrutaron en una ciudad, en la playa, en la montaña o en un hotel, sino a las horas que les tomó llegar a esos lugares.

No importa si fue por avión, bus, tren, barco, bicicleta, patines o lo que sea… ¿cuánto tardó? El mío, en compañía de la Sofi –mi amiga y también escritora de este blog- duró 50 horas que incluyeron tres buses, un ferri, y 4 aduanas. La meta era llegar a Ushuaia, a la tierra de fuego, a la ciudad más austral del planeta, al fin del mundo.

Localización de Ushuaia en el mapa.
Localización de Ushuaia en el mapa.

Algunas personas que conocían sobre el plan que estábamos por emprender tuvieron las típicas preocupaciones al respecto, que en el fondo no tenían que ver con nosotras, sino con lo que podía pasar en el hipotético caso de ser ellos los que se iban a subir al bus.  Que tanto tiempo en el camino terminaría en desesperación  y  que sobre todo –hágase énfasis en el SOBRE TODO-  la nalga se nos iba a quedar como tabla nos dijeron, o mejor dicho, nos compadecieron.

El asunto es que en ningún momento despertamos el impulso suicida de querer lanzarnos por la ventana con el carro rondando, y mucho menos perdimos ese colchón incluido en el combo de nuestra anatomía. O vencimos lo irremediable, o simplemente un viaje largo no significa  una experiencia catastrófica de cajón. Yo le voy a lo segundo.

Unos días antes leímos varios blogs con recomendaciones sobre cómo llegar y nos fuimos al terminal de Retiro, en Buenos Aires, para averiguar cuál era la compañía de buses que más nos convenía económicamente. Encontramos una llamada Pingüino –su flota no estaba pintada de blanco y negro, sino de amarillo- que ofrecía un paquete por menos de 200 dólares por el largo recorrido. Sin duda nos brillaron los ojos pero solo por unos segundos.

A los pingüinos que había que temerles no eran a los magallánicos que viven en Ushuaia, sino a los que andan sobre ruedas. Un mochilero en su blog advertía que “por nada del mundo” viajes con esa empresa, porque si bien te ofrecían un buen precio, el servicio no incluía comida y, a menos de que te guste andar con el cuerpo adolorido, los asientos no eran los más adecuados. Ahí la importancia de leer antes de emprender un viaje, pues nos salvó por un pelo del desastre que, como les conté, nos habían pronosticado.

Lo que quedó del boleto de bus.
Lo que quedó del boleto de bus.

Al final terminamos comprando los boletos en Andesmar, que nos brindó asientos comodísimos y abundante comida hasta la ciudad de Río Gallegos, donde se cumplieron las primeras 36 horas del viaje. La vendedora nos indicó que a partir de ese punto cambiaríamos de bus en dos ocasiones (no nos explicó el porqué, pero lo más seguro es que se trate de un negociado entre empresas de transporte), incluidos en el paquete que costó  alrededor de 1500 pesos, equivalentes a 250 dólares gracias al cambio que conseguimos en una especie de mercado negro legal en la capital argentina, pero eso no viene al tema.

Partimos un martes a las 7pm y solo salir de Buenos Aires tomó casi dos horas, así que la primera película se puso a rodar; creo que llegué a ver al menos ocho, que haciendo un cálculo promedio, sumaron unas 16 horas en las que hubo varios episodios de llanto a causa de los dramas y las comedias románticas. Que te pongan películas en el bus no es gran cosa, pero mi felicidad radicó en que nunca fuimos torturados con películas chinas o esas de acción chimbas. ¡Una verdadera fortuna!

Este paisaje nos acompañó casi todo el camino
Este paisaje nos acompañó casi todo el camino

Con actitud multitarea, además de ver a la pantalla por tantas horas, yo aproveché para acabar el libro sobre una viuda asesina que había dejado olvidado hace más de un mes, mientras que la Sofi se puso a coser una mochila –el bicho de las manualidades te puede picar en cualquier momento- con un pedazo de tela que Fanny, su tía, le había regalado hace un par de días cuando gratamente nos acogió en su casa en Baires. ¡Quién diría que coser bolsillos era tan complicado!

El tiempo también se ocupó eficientemente comiendo. Ni bien acabábamos el desayuno, nos servían el almuerzo y lo mismo sucedió con el entremés de la tarde y la cena. Todo acompañado de vino tinto o blanco, si se te daba la gana.

Al segundo día de haber rodado, ya podías ver a la gente del bus intimando con los compañeros de viaje y para estrechar aún más los lazos, el asistente de cabina tomó un micrófono y anunció que estábamos a punto de empezar a jugar “eeeeeeel biiiiingo Andesmaaaaar” (léase con voz de los tipos que anuncian a los boxeadores previo a la contienda).

Se repartieron las cartillas y empecé a jugar con la esperanza de poder ganar la botella de vino que se anunció como premio, pero le atiné a unos cuatro números apenas. Entonces –secretamente por supuesto, porque después te creen alcohólica- coloqué mi positivismo sobre la cartilla de la Sofi que ya estaba media llena y ¡zas! alguien gritó bingo.  Chuta fue una lástima, pero en todo caso fue divertido porque ¿cuántas posibilidades se tienen de practicar ese juego dentro de un bus?

Caminando a las orillas del Estrecho de Magallanes
Caminando a las orillas del Estrecho de Magallanes

En fin, cuando ya estábamos acostumbradísimas al buen trato arribamos a Río Gallegos, cambiándonos a un vehículo menos cómodo que el anterior definitivamente, y varios kilómetros más adelante llegamos a la frontera entre Argentina y Chile, teniendo que realizar la respectiva salida y entrada migratoria de esos países.  Sin embargo, pasados los filtros, ahí estaba ante nosotros el histórico Estrecho de Magallanes, tan hermoso que cualquier molestia –si es que existió alguna en el momento- desapareció al tiro.

Lo vi por primera vez a través de la ventana y me dio una desesperación incontenible por bajarme del bus que se había detenido. Tenía que contemplarlo de cerca, pero el tipo que asistía al chofer no abría la puerta y nadie decía nada; me desesperé aún más y le pedí que me dejara salir. Me dijo “puede bajar, pero no va a poder subir hasta que llegue el ferri y crucemos”; salí sin pensarlo y muchos otros lo hicieron también.

Diminuto, en la profundidad, el ferri en el que cruzamos el Estrecho.
Diminuto, en la profundidad, el ferri en el que cruzamos el Estrecho.

En la orilla, un golpe de aire helado rozó mi cara y se sintió delicioso, me despertó los sentidos. El viento que el mar traía consigo soplaba tan fuerte que el cuerpo parecía no tener peso, se ajustaba inevitablemente al movimiento de sus ráfagas, esas que salpicaban un ligero rocío y que al mismo tiempo elevaban las conchas en el suelo, estrellándolas contra todos los que ahí estábamos.

Para ese momento, con casi cinco meses de viaje a cuestas, el encuentro con ecuatorianos había sucedido solo por dos ocasiones, pero quién diría que ahí -en el sur de todo el sur- nos toparíamos con uno más; un personaje súper simpático oriundo de Jipijapa, con el cabello recogido en una cola al “Otavalo Style” (aunque algo más cortita), con acento español y con residencia en Suecia. Nunca intercambiamos nombres, pero fue un gustazo encontrarlo por esas tierras lejanas.

Después del grato encuentro llegamos a la ciudad de Río Grande donde nos esperaba el tercer bus,  y con él las últimas ocho horas de viaje. Lo que quedaba de la comodidad del servicio desapareció apenas subimos al automotor; los asientos no solo eran duros, sino que la distancia que los separaba era tan insignificante que hasta para personas diminutas como yo –que no llegan al metro cincuenta por un puerco centímetro- resultaba demasiado estrecho.

La verdad es que faltando tan poco para llegar no valía la pena enojarse, en especial cuando el paisaje empezó a pintarse con flamencos andinos posando -en la lejanía- sobre las pampas que se extendían a un lado del camino, mientras que del otro, en lo que se trató de un micro instante de suerte, conseguí observar a un delfín que después de un gran salto se sumergió en su hogar, el océano Atlántico.

Ushuaia!
Ushuaia!

La topografía del camino empezó a volverse cada vez más sinuosa, y de repente, al final de una de tantas curvas, una cadena de nevados se mostró ante nosotros. Después de 3 mil kilómetros, finalmente llegamos a Ushuaia.

PD: Esta historia pudo contarse en pocas líneas, pero se extendió un poco con el propósito de entrenarlos. Aquellos que persistieron hasta leerlo por completo, son los que están preparados para emprender un viaje de horas eternas, porque la clave para convertir ese tiempo en una experiencia inolvidable, es la paciencia.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. pitufasofia dice:

    A veces no es el lugar a dónde vas, sino el camino que hay que recorrer para llegar… eso también es viajar!

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